31.8.09

El biógrafo de Nora Dalmet (I)

-Andrés, ¿cómo es el mundo exterior?

Hubo un largo silencio entonces. El viento azotaba las copas de los árboles mientras los últimos rayos de sol morían tras el mar. Las estrellas salpicaban ahora el cielo y una pálida luna asomaba entre las rocosas montañas.

-El mundo exterior... -dije después de ser consciente de la complejidad de la pregunta.

¿Cómo contestar a aquello? ¿Cómo explicárselo a alguien que permanecía encerrado en un mundo que no ha contemplado los cambios por los que hemos pasado? Pensé en comenzar describiéndole las ciudades y la compleja forma de vida moderna, pero fui consciente de lo difícil que sería entender hasta qué punto las ciudades habían cambiado. Luego pensé en describir algunos de los lugares más fascinantes que nos rodeaban: los desiertos, las selvas, los glaciares..., pero recordé que muchos de ellos habían comenzado a desaparecer o habían sucumbido a la mano del hombre. Tal vez debía empezar por hablar de los avances tecnológicos para que entendiera primero cómo habíamos llegado a ese punto, pero descubrí que ni siquiera yo comprendía cómo funcionaban ni cómo habían llegado a convertirse en la base de nuestra civilización. ¿Acaso no sabía cómo explicar algo tan cotidiano para mí? ¿Me había acostumbrado tanto a aceptarlo como era que había olvidado prestarle atención?

Poco a poco, la imagen de ese mundo por el que me preguntaban comenzó a desdibujarse, y sus colores comenzaron a salpicar mi mente en un completo desorden. Vi el color verde de unas selvas que desaparecían tras las taladradoras y que dejaban sin tierras a unos pueblos que habían vivido durante siglos entre su rica vegetación. Vi el azul de unos mares sobre los que se vertían residuos y en los que las especies se extinguían por la caza abusiva del hombre. Me deslumbré con el hermoso blanco de unos glaciares deshaciéndose por el cambio climático causado en gran medida por la contaminación. Vi el marrón de los vertederos, el gris del humo constante de las fábricas, el rojo de la sangre que se vertía con injustas guerras y con la indiferencia hacia una gente que moría en los países más explotados. Vi todos los colores una y otra vez, y siempre me mostraban las mismas escenas, unas escenas que se tornaban negras cuando trataba de buscar una luz de esperanza. Al final de esa visión desdibujada comprendí que la profecía de Écaton podría ser cierta, que el mundo tal vez sí estuviera en grave peligro si no hacíamos algo pronto.

Entonces miré a Iona y contesté:

-El mundo exterior era un hermoso cuadro que necesita ser restaurado pronto.

El biógrafo de Nora Dalmet
C. G. Bernabé